Mi medio siglo se acerca lento e inexorable. En menos de 18 meses le voy a estar rascando al quinto piso; como me gusta adelantarme a los acontecimientos, voy a hacer algunas reflexiones anticipadas a esta marca que voy a pasar.
Cincuenta años suenan. Pesan. Abruman. Antes la gente se moría de esta edad y ahora te dan tu guitarra para comenzar tu banda y tu bici de montaña para ponerte en forma. Pero las rodillas duelen y hace uno más ruidos al levantarse.
A los cuarenta te costaba recuperarte de las crudas. A los cincuenta ya no consideras emborracharte, no vaya a ser que la taquicardia te gane. Los hijos están en edad demandante y hay que estar a la altura, pero eso de escuchar los éxitos de la banda o salir a jugar Pokemon Go va más allá de la coherencia.
El negocio de toda la vida ha cambiado, pero tu no. Eres intolerante al manejo de las nuevas generaciones y empiezas a sonar como eso que odiabas hace 15 años: estos chamacos no saben nada y están echando a perder todo. Es el momento de dedicarte a otra cosa, no necear a seguir haciendo algo en lo que seguramente ya no eres relevante. Renovarse o morir, aprender a hacer cuchillos o a pasar conocimientos. El agua estancada apesta, hay que abrir la compuerta para fluir y moverse al siguiente nivel.
El amor es más dulce, más agradecido. Los que están es porque quieren y no porque deben. Ya no hay deudas sociales y la selección natural hizo su trabajo; se quedaron los que se deberían quedar. Entras en nuevas relaciones con la seguridad de saber que estás haciendo y eliminas gente con la misma facilidad. O aportas o cuello.
Empiezan los preparativos para la fiesta de 50. Empiezas a hacer el playlist que cubra 5 décadas del soundtrack de tu vida. Siendo rockero de corazón, ese será el tenor y nada de tocar cumbias ni mugres así. Y sentir la libertad de que te importa una hectárea de pepino lo que piensen los asistentes de la música que van a oir es una de las mejores recompensas que hay.
Se acercan los 50 lentos y seguros. Espero que no me parta un rayo o que Trump acabe con el mundo antes para ver con ojos renovados la segunda y última parte de la vida. Dicen que llegar a los 50 es como subir una montaña rusa; lo que sigue es pura bajada y tu solo subes los brazos y te dedicas a disfrutar la experiencia.
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