El Ojo Infinito • Foto de Lorena Cejudo Rodríguez

La primera vez que tuve una cámara entre las manos tenía 9 ó 10 años. Era una cámara Kodak 126, de las que usaban flash de cuadrito. Los rollos eran unas cápsulas sensacionales, donde para mi se escondían las personas y los paisajes que les tomaba foto. Mi mamá se los llevaba (supongo que se los daba a mi abuelo, que era un clavado de la foto) y unos días después volvía un sobre lleno de caras, paisajes, comidas y recuerdos. Quedé atrapado para siempre.

La foto en tiempos de mi infancia no era un arte ni mucho menos. Era una manera de atrapar el momento, la sonrisa, el grupo que se repetía en cada evento y que por alguna razón extraña pensaban que si se tomaban una foto tendrían recuerdos indelebles y que con solo verla evocarían cada detalle de esa comida o de ese viaje. Nada más alejado de la realidad. Las imágenes iban a parar a un album que rara vez se veía y, por si fuera poco y como me enteré años más tarde, mi madre tiraba (si, querido lector, dije bien) TIRABA los negativos. Su lógica era que si ya tenía las fotos, ¿para qué quería los negativos?

Viví en este engaño durante toda mi adolescencia. Las fotos eran meros apéndices de comidas familiares que no llegaban a ningún lado. No recuerdo que nadie nunca dijera “que buena foto tomaste cuando fuimos a Tepetlaoxtoc” (este lugar si existe); nadie en mi familia consideraba la foto como una forma de vida o siquiera como algo más allá del album. Para mi, en cambio, la foto era una urgencia. Me encantaba tener una cámara en las manos, aunque fuera una 110, esos remedos plásticos ochenteros que tenían un cartucho por rollo y que a la fecha es el peor formato posble, pero que me permitía guardar lo que yo quería: edificios, flores, paisajes, todo lo que no tuviera una persona presente. Bastantes grupos de tios y primos había visto para mancillar mis fotos. Todos me decían que para qué quería una foto en la que no salía nadie. La verdad nunca supe que contestar, pero la mera idea de tener a alguien parado enfrente de la torre Eiffel o de una puesta de sol solo para recordar que estuvo ahí me daba mareos.

Para mi la imagen tenía que ser pura. Algo que comunicara por si misma. Las personas eran simples elementos que le dieran fuerza, no los protagonistas de un recuerdo vago y vacío. Cada vez me fui metiendo más y más, experimentando y haciéndole moño el hígado a mis compañeros de viaje cuando regresaba con diez rollos y tres fotos con alguno de ellos presente. Empecé a comprar libros de foto, mejoré la calidad de mis cámaras, estudié. Pero esto tuvo un downside. Mis fotos empezaron a ser técnicamente correctas pero perdieron algo que creo que es fundamental en la fotografía: el alma.

Cuando un fotógrafo se lleva la cámara al ojo no solo está capturando un momento: le está imprimiendo su espíritu. He visto a decenas de personas que sin ningún entrenamiento previo logran imágenes de una fuerza sorprendente. A muchos de estos les he ayudado a conocer sus cámaras, explicándoles conceptos como encuadre, composición, exposición o proporción aurea. Pocos entienden de que hablo, pero sus imágenes hablan solas. Y yo, que tanto amo la fotografía, perdí en algún momento ese ojo infinito que puede ver más allá de los elementos y que deja plasmado un sentimiento, un instante mágico. No digo que no lo he logrado, pero la proporción de fotos que tomo (un promedio de 1,500 imágenes en un viaje de una semana) contra las que me siento realmente orgulloso es muy dispar.

Hoy vivo de la imagen. En mi productora me dedico principalmente a vender y a fotografiar en video. Pero no es suficiente. Cada vez me siento más frustrado de no lograr esa ballena blanca, esa imagen que con solo verla se ponga la piel de gallina, la que cualquier persona quisiera tener en su casa; decenas de miles de fotos después, mi ojo está perdido y yo desesperado por recuperarlo. Quiero desaprender, regresar a esa inocencia de ver más allá y que sea natural. Mi primer paso, fue regresar a la cámara de rollo, que mi buen amigo Jazzrockman me hizo favor de venderme (que, dicho sea de paso, siempre fua la cámara de mis sueños, una Nikon F4s) para volver al misterio de la imagen, no saber el resultado y ser más cuidadoso al fotografiar, esperando el momento adecuado para disparar y seguir, sin tener esa satisfacción inmediata.

A mis 45 años he vivido muchas frustraciones y la fotografía sigue siendo el gran solaz en el que retozo libremente. Ahi soy yo y nadie me dice que hacer. Si de verdad quiero ser feliz, la fotografía será un elemento fundamental. Por eso quiero recuoerar mi ojo infinito.

Click. Comenten y aporten.