No creas todo lo que te dicenEn últimas fechas no la he pasado nada bien, lo que mis fieles seguidores de redes sociales se habrán percatado y que agradezco no me hayan mandado desaparecer; por el contrario, han sido más que tolerantes con mis muinas y hasta me han apapachado un poco. Este estado de ánimo ha llevado a más de uno a recomendarme diversos métodos para relajarme, los que agradezco y consideraré utilizar. Pero también hay una corriente que me trata de convencer que mis males son pasajeros (lo que entiendo) pero sobre todo, que detrás de todo esto hay un plan fraguado por una instancia superior, a la cual le ponen varias denominaciones y que todo esto supone un aprendizaje de mi parte para mejorar en una existencia ulterior a la actual.

Now, wait a minute.

Quiero empezar por destacar que no creo en lo absoluto que exista dios. Quitando esto y siguiendo adelante, tampoco creo que formemos parte de un elaborado plan que conlleva sufrimiento actual en beneficio de gozo posterior. No creo tampoco que trascendemos como tal, aprendiendo en esta vida para tener una vida mejor después. Y tampoco creo que nos espera un premio si somos buenas personas.

Ahora, me explico.

El mal de la humanidad se llama homocentrismo. No se si estoy acuñando el término, que yo uso hace muchos años, pero se refiere a esa necesidad del ser humano a ser el centro absoluto del universo, el pináculo de la creación, el parteaguas en la naturaleza. En resumen, la vieja más buena de la fiesta. El ser humano no se puede concebir como parte de un ecosistema; tiene que ser el que lo maneja, el que manda sobre todas las cosas. Por eso se ha inventado tantas fantasías, dándose un sitio especial que proviene del hálito divino de un ser superior que no necesita justificación para existir. Desde mi perspectiva, no somos más importantes que un camarón, una hiena o una enredadera. Somos otro eslabón en la maravilla que es la vida de este planeta, pero nada más.

Pero todo esto tiene un truco: la conciencia humana. Hasta donde sabemos, somos los únicos seres de este planeta que tenemos conciencia de nuestro entorno, que lo podemos modificar e incluso podemos disfrutar de todo lo que el planeta tiene que ofrecer. Esta belleza nos avasalla a tal grado que nuestra naturaleza nos obliga a disfrutarla hasta el grado de acabar con ella. Somos seres insaciables, no tenemos medida, queremos todo y más. Esto deriva en que el gran miedo del hombre sea morir, porque al morir se acaba la fiesta. No solo queremos consumir todo lo que el mundo nos ofrece, sino que queremos seguirlo haciendo aún después de la muerte. Y así es como nos inventamos una mentira maravillosa: la trascendencia.

Esta se manifiesta en prácticamente todas las culturas, lo que más allá de debilitar mi argumento, lo fortalece: como humanos, pensamos igual. Decimos que hay vida después de la muerte, reencarnación, vida eterna, cielo, infierno, valhala, nirvana y demás. Y entiendo que todos estos cuentos se han creado para reducir el miedo a la muerte y que creamos como especie que vamos de aquí a otro lado. Hombres listos los que hicieron esto, pero hay una ilusión consensuada que esto es literal, que hay una nube con tu nombre, un caldero con tu foto, que mueres y regresas como rata o como rey (¿porqué será que nadie en una vida anterior era abogado, herrero o prostituta? todos era príncipes egipcios… o_O) o que hay cien vírgenes esperando del otro lado de la cuerda para premiarte por tus hazañas terrenales. Hombres y mujeres tontos que no entendieron el sentido figurado de la frase.

Mi visión es que, si queremos trascender como especie, tenemos que conectarnos más con la tierra que con el cielo. En serio, somos nocivos. En menos de 200 años, hemos acabado con ecosostemas completos. No existe una sola especie en el planeta que sea depredadora de tantos, incluso de la propia. Los leones comen cebras y ñus, pero no andan viendo si se joden a los cocodrilos o a las palomas solo porque no les cuadran. La vida es sabia, pero creo que la regó mal con este experiemento. Nuestra especie está destinada al fracaso si no conectamos como lo que somos, otro invitado más que tiene la oportunidad de convivir y durar algunos cientos de miles de años, si bien nos va, antes que las marsopas tomen el control.

Al principio dije que no creia en dios y por supuesto en la religión. Por eso quiero cerrar con parafraseando algo que viene de la biblia, de esas partes que escribieron pensadores y no fanáticos controladores.

Polvo (de estrellas) eres y en polvo (fertil) te convertirás.

Comenten y aporten. Namasté.