Para aquellos que no tienen edad suficiente y no reconozcan la frase con la que intitula esta participación, es de una película de los 50s ó 60s en la que un grupo de compas tenían que transportar una más que peligrosa e inestable carga de nitroglicerina a través de caminos del viejo oeste, en una carreta de mulas, perseguidos por indios, malechores y cuatreros y con el ejército enemigo pisándoles los talones.

No recuerdo cual fue el desenlace de la película -supongo que varios murieron en el proceso y al final hubo un héroe. A lo que voy con este símil es a lo que he sentido en los últimos meses en mi vida laboral.

Tengo que confesarlo; soy empresario. Si, ya se, pertenezco a esa estirpe maldita que se supone que está sangrando al país a costa de los pobrecitos trabajadores. Empecé en 1999 y no pienso dejarlo a menos que de verdad exista una emergencia en mi vida. Amo lo que hago y con eso me basta.

Lo que ha sucedido en los últimos meses ha sido un desencanto enorme al respeto que nosotros, pequeños emprendedores, deberíamos tener frente a nuestros clientes. Con honrosas excepeciones, nuestros clientes cada vez exigen más y entregan menos. Nos hemos convertido, casi todos los pares que conozco, en su fuente principal de financiamiento. ¿Para que quiero que me preste un banco, si tengo a toda esta bola de babas aceptándome pagos a 120 días? Y ni se nos ocurra pedir un anticipo; es suficiente para que nadie te vuelva a llamar, con el pretexto que eres “problemático” por lo menos.

Las curvas de aprendizaje que tenemos como proveedores son rápidas y escabrosas. Por alguna razón, los ejecutivos piensan que sabemos absolutamente todo acerca de su empresa, su producto, sus políticas, sus tiempos, su filosofía empresarial y personal, etc. Cada vez que hay un error, mágicamente es nuestro. Y ni se te ocurra reclamar. Siempre tienen presta la frase “pues el cliente soy yo y allá afuera hay cola para hacer lo que tu haces”. No hay respeto ya a la experiencia que aportamos, a los vacios que llenamos, a la pasión que le ponemos. Simplemente, nos estamos volviendo desechables.

Ya se que me estoy quejando demasiado y que hay gente que mataría por tener su propio negocio; ser “dueño de su tiempo”. Esto entrecomillado, ya que nuestro tiempo ahora es de muchos. Pero bueno. Mi punto principal es la falta de certeza que como empresarios tenemos en México. Los bancos no nos prestan, los clientes no nos pagan lo que vale nuestro trabajo, cualquiera se puede desaparecer sin dejar rastro y dejarte colgado con proveedores, salarios, utilidades. Para ellos, 200 ó 300 mil pesos no significan mucho. Para nosotros es la sangre para el crecimiento; dejamos horas, hijos, familias, parejas, relaciones, canas, sangre, sudor y almorranas en nuestras oficinas para salir adelante.

Hoy que estamos en época electoral, me encantaría dejar de escuchar toda esa palabrería hueca enfocada a los programas sociales. Eso solo sirve para dar limosnas y comprar fidelidades. Los candidatos prometen su famoso ya millón de empleos al año. Yo no se cómo le piensan hacer, ya que somos nosotros y nadie más los que generamos esos empleos. Y mientras no tengamos certeza y un plan de acción real para que los empresarios tengamos un marco jurídico que nos permita ejercer nuestrs derechos a la retribución justa y pronta, son palabras que se las lleva el viento. No me ayuda en nada que lo que pago de impuestos se vaya en regalarlo en útiles escolares de los niños de Nacozari. Ya pago los de mis hijos y cada vez me cuesta más trabajo.

Y ya me voy, porque son las 3 de la mañana en sábado y tengo que entregar un video.

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