Archive for May, 2012

A 11,880 metros sobre el nivel del mar

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Ultimamente me han chuleado mucho mis visiones políticas. Me dicen que hacen gran sentido, que por qué no oímos más voces así, que debería tener un programa de TV. La verdad no entiendo bien porqué me lo dicen y sospecho que tiene que ver con que ya no me estoy peleando con nadie.

Ya lo había comentado; para mi, el gobierno no es más que un grupo de personas que me dejan trabajar en paz. Que ellos pongan las condiciones, yo pongo el esfuerzo y los impuestos. Algunos me tachan de simplistas, pero sinceramente pienso que es laa complicación de todos los temas lo que está llevando a México a una espiral sin fondo de la que urge salir.

Hoy pienso, más que nunca, que lo más importante que le podríamos regalar a México es un gran consenso. Los temas están más que gastados: los problemas los conocemos todos y las soluciones también, pero seguimos empecinados en distribuir la responsabilidad, en paralizarnos sin ninguna razón aparente y en no tomar acciones concretas que hagan que seamos lo que estamos destinados a ser: una potencia mundial.

Creo firmemente que la gran mayoría de los candidatos a cualquier puesto de elección popular tienen buenas ideas y malas intenciones. Todo lo que proponen son obviedades -las soluciones que conocemos todos- y nunca dicen cómo lo van a hacer; nosotros mansamente les seguimos el juego. No supervisamos su trabajo, nos quejamos como Magdalenas de lo mal que nos tratan, que no nos hacen caso, nos sentimos víctimas del “mal gobierno” y como no hay premio por el buen trabajo (la reelección) no rompemos el círculo vicioso en el que estamos metidos hace muchos años. Todo se reduce a ver quién firma la chequera.

Es mucho más fácil vivir como víctima que trabajar en equipo. El consenso es complicado, si, pero sus beneficios son muchos. El que vive como víctima existe en la comodidad de la irresponsabilidad. No es dueño de sus decisiones, es consecuencia de los actos de los demás, no importa lo que haga hay un destino manifiesto que determina todos sus resultados. Son como niños.

Los que trabajan por el bien de un país están pendientes de propuestas, promesas, obras y resultados. Se involucran en su comunidad, asisten a asambleas ciudadanas, proponen desde su casa y hacia afuera, supervisan a su gobierno, actúan. No se detienen a esperar que el maná les caiga del cielo. Saben que el gobierno emana del pueblo y no alrevés. Ellos nos deben a nosotros, no alrevés. Nosotros somos los importantes, no alrevés. Pero México es el país alrevés. Creemos que marcar un pedazo de papel es ser ciudadano. Pensamos que el presidente, el gobernador, el diputado o el municipal son semidioses tocados por la divinidad -bueno, tienen una cosa que se llama “fuero” que los hace intocables.

Todo esto se deriva de una sola fuente: la aceptación de esta realidad. Nosotros decidimos que está bien ser martirizados por grupos que tienen el “poder”. ¿Qué cuernos es el poder? ¿Dinero? ¿Control de armas o de personal militar? ¿Volar? Ese supuesto poder viene de nuestra aceptación del status. Decidimos que los políticos son intocables y lo son. Mi teoría es que secretamente queremos tener acceso a las arcas de la nación para saquerlas y que no perdemos la esperanza de estar en sus zapatos, por eso no le movemos.

Hay ejemplos contundentes en todo el mundo del punto de inflexión donde la gente un día tomó una decisión: YA NO MÁS. Algunos han tomado las armas, otros las ideas. De cualquier forma, los cambios son drásticos. Depende de la madurez de un pueblo el resultado de estos cambios. Mi opinión es que a México le falta consenso para tomar la gran decisión de qué tipo de país queremos ser. Hay muchos Méxicos y más visiones aún. Esta es una asignatura inaplazable. Otros países nos pasan raudos, olvidando pasados y viendo futuros. Y nosotros, ¿cuándo?

Comenten y aporten. Si ven medio desincorporadas las ideas, es la falta de oxigenación a 11,880 metros sobre el nivel medio del mar, de acuerdo a nuestro capitán.

¿Adversarios o divergentes?

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Ahora si las campañas políticas están con todo. Desde la marcha de #soyel132 (para los que no lo saben, en la visita de Peña Nieto a la Ibero lo abuchearon, el PRI dijo que eran porros y se hizo un video con 131 alumnos diciendo que ellos habían sido, lo que derivó en un movimiento de apoyo llamado Soy el 132; mi conocimiento de la actualidad es conmovedora), pasando por los desfiguros de los candidatos, las cochinadas de los exgobernadores, hasta incidentes como el del piloto de Aeroméxico que fue suspendido un año de su trabajo por darle la bienvenida a AMLO en el avión, cada día más gente está metida en lo que van a hacer y cómo se van a destazar esta semana. Incluso ha llegado a rompimiento de amistades las diferencias políticas. Yo que voy en mi octavo presidente desde que nací, nunca me había tocado ver esta efervescencia y esta pasión. La polarización es el tema del día.

Hasta hace poco yo decía que no sabía por quien iba a votar. Ahora ya lo se. Voy a votar por los cuatro candidatos. Voy a poner una cruz en cada uno de los espacios (ya se que el voto se anula, no me lo tienen que explicar) y en la parte de atrás de la boleta voy a mandar un atento mensaje a los candidatos, pidiéndoles que lo mejor que pueden hacer es unir sus ideas, que el que gane ponga a los otros tres en su gabinete y que de una buena vez dejen de pensar en sus partidos y que se pongan a pensar en México.

Esta pequeña acción se me hace más valida que llegar a tachonear con ira la boleta electoral. Manda un mensaje claro, una petición ciudadana que invita a sumar y a olvidarse de diferencias. Sobrepone de verdad el interés nacional al interés particular. A mi no me importa quién gobierne siempre y cuando lo haga honestamente, aplicando la ley y los presupuestos. Porque si lo que quieren es ver quien firma la chequera, la verdad, que se ahorren el proceso, que hagan unos Juegos del Hambre Electorales y el que quede vivo que tenga derecho a vaciar las arcas de la nación. De nada sirve que nos doren la píldora si sus intenciones no son ser un verdadero siervo de la nación.

Somos un país que admira a los malhechores. Les hacemos corridos, nombramos calles y colonias con sus nombres, les ponemos estatuas. Hoy los políticos -salvo honrosas excepciones- están al nivel de los narcotraficantes. La gente repudia lo que hacen, pero mi opinión es que secretamente los envidian. Lo que odian es no estar metidos en ese círculo, en el que la corrupción y el robo es visto como normal. Desde la mordida al policía hasta Walmart pagando a los cabildos del país para poner sus tiendas, el mexicano promedio ha vivido y vive dentro de la corrupción. Y corromper, como la palabra lo indica, implica corresponsabilidad. No es uno. Es el que da y el que recibe, el que hace y el que no mira, el que sabe pero no denuncia. Y el círculo debe ser roto ya.

Hoy no tenemos un proyecto de nación. Tenemos muchos. Entre los candidatos se llaman “adversarios”. Me gustaría que se llamaran “divergentes”, ya que esto implica un tronco común y diversas maneras de hacerlo. Adversario suena a confrontación, a mala onda, a odio escondido. México ya no aguanta mucho más. Algunos de los que estuvieron en la famosa marcha -que, cabe mencionar, partió de la Estela de Luz, vilipendiada por ellos mismos- incluso se atrevieron a decir que si Peña Nieto ganaba iban a tomar las armas. En el siglo XXI en nuestro país tenemos libertades y oportunidades que nos envidian incluso en Estados Unidos y Europa. Hacer estos llamados es irresponsable y estúpido. Eso si marcaría un retroceso del que difícilmente saldríamos bien librados. Lo que es urgente es que los adversarios se vuelvan divergentes y tengan un tema en común, México, y que sumen sus estrategias y planes. Todos tienen algo que aportar. Peña Nieto es carismático, Quadri es inteligente, López Obrador es directo y valiente, Josefina Vázquez es trabajadora y enfocada. Y nosotros, la sociedad, no podemos seguir dejando en manos de quien sea nuestro país. Es como tener un negocio. Si no lo atiendes, la gente ve arcas llenas y le saca a montones. Tenemos que cumplir nuestro papel de supervisar las acciones que nuestros gobernantes están haciendo, que hacen con la hacienda pública, que compromisos dijeron que iban a cumplir, en que están trabajando. Ese es nuesro papel.

Si seguimos haciendo las cosas igual esperando resultados diferentes, vamos a caer en la locura. Einstein lo sabía. Cada vez que se equivocaba, lo veía como una de las diez mil maneras como no iba a funcionar. Afortunadamente, tenía otras tantas por probar. Nuestro futuro no está grabado en piedra. Lo podemos cambiar cuando y como queramos, pero necesitamos la valentía de cambiar las formas y los fondos. Hay que buscar soluciones distintas, radicales y pacíficas.

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Envidio a Carlos Fuentes

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Esto es nuevo. Estoy tirado en la oscuridad de mi habitación, con el iPad en la barriga, iluminado solo por su resplandor y escribiendo. Si, escribiendo por que me libera, porque me desangustia, porque me ayuda. Este es un lujo que me doy. Son pocos, pero por mucho, este es el más gratificante.
Advierto: no quiero sonar pedante, pero escribo en honor a Carlos Fuentes, que hoy se nos fue y dejó un legado que dará para que muchas y más importantes plumas vacíen sus sesudos conocimientos sobre su obra. Lo leí poco, lo admiré algo pero lo envidié mucho. Porque trascendió al siglo, porque fue amigo cercano de mi inolvidable Jorge Ibargüengoitia, porque recibió cuanto honor y cuanto premio -qué más da si lo ignoró el Nobel-, pero sobre todo, porque escribió y escribió y escribió hasta el último día de su vida. Y a mi, que me encanta escribir, que se lo liberador y humano que es, que no pretendo bajo ninguna circunstancia compararme con nadie pero que entiendo la fragilidad que alma siente cuando se vacía en palabras, envidio que tratara “a sus letras como putas” como bien lo dijo hoy @jairocalixto y que escribiera veinte o mas novelas, miles de artículos y que se enfrentara todos los días a ese páramo, a ese baldío que es una hoja en blanco, lista para ser profanada.
Escribir es humano y leer es humanizante. Nos coloca en igualdad de circunstancias, donde el escribano y el leyente guardan celosamente su esquina en ese espacio común. Como el árbol que cae y que nadie escucha genera la duda si hizo ruido, el texto que se escribe y nadie lee es letra muerta, es una idea marchita. Por eso envidio a Fuentes, que llevo sus letras a miles de millones -literalmente- durante seis décadas y centavos; incontables ideas que germinaron en cerebros fértiles y que gracias a sus palabras hoy son jardines de alegría culta, de visión crítica, de palabra mordaz y de vocabulario extenso.
Espero que Carlos Fuentes nunca haya perdido la sorpresa de saber que lo leían. Yo que me emociono cuando veo cuanta gente hace lo propio con las palabras que pergeño -rara vez pasan de 100- no puedo imaginarme saber que millones me beben las ideas. Ese es un privilegio reservado a pocos y envidio a Don Carlos por haber sido ese manantial al que tantos fueron a abrevar.
Muchos llamaron hoy a la muerte de Fuentes “una pérdida irreparable”. Difícilmente coincido. Perdida irreparable Ibargüengoitia, que se murió en un avionazo en el pináculo de su capacidad creadora. Don Carlos dio y mucho. A esta cauda de conocimiento le quedan muchos años por recorrer. Podemos seguir viviendo sus letras, que son extensas y son profundas. En algún momento se tenían que detener. Alegrémonos que lo tuvimos y retocemos en su obra, que para eso la escribió.
Yo por lo pronto, me quedo con el iPad en la barriga, iluminado por la luz de la farola de la calle, escribiendo, envidiando a Carlos Fuentes.
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El salario del miedo

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Para aquellos que no tienen edad suficiente y no reconozcan la frase con la que intitula esta participación, es de una película de los 50s ó 60s en la que un grupo de compas tenían que transportar una más que peligrosa e inestable carga de nitroglicerina a través de caminos del viejo oeste, en una carreta de mulas, perseguidos por indios, malechores y cuatreros y con el ejército enemigo pisándoles los talones.

No recuerdo cual fue el desenlace de la película -supongo que varios murieron en el proceso y al final hubo un héroe. A lo que voy con este símil es a lo que he sentido en los últimos meses en mi vida laboral.

Tengo que confesarlo; soy empresario. Si, ya se, pertenezco a esa estirpe maldita que se supone que está sangrando al país a costa de los pobrecitos trabajadores. Empecé en 1999 y no pienso dejarlo a menos que de verdad exista una emergencia en mi vida. Amo lo que hago y con eso me basta.

Lo que ha sucedido en los últimos meses ha sido un desencanto enorme al respeto que nosotros, pequeños emprendedores, deberíamos tener frente a nuestros clientes. Con honrosas excepeciones, nuestros clientes cada vez exigen más y entregan menos. Nos hemos convertido, casi todos los pares que conozco, en su fuente principal de financiamiento. ¿Para que quiero que me preste un banco, si tengo a toda esta bola de babas aceptándome pagos a 120 días? Y ni se nos ocurra pedir un anticipo; es suficiente para que nadie te vuelva a llamar, con el pretexto que eres “problemático” por lo menos.

Las curvas de aprendizaje que tenemos como proveedores son rápidas y escabrosas. Por alguna razón, los ejecutivos piensan que sabemos absolutamente todo acerca de su empresa, su producto, sus políticas, sus tiempos, su filosofía empresarial y personal, etc. Cada vez que hay un error, mágicamente es nuestro. Y ni se te ocurra reclamar. Siempre tienen presta la frase “pues el cliente soy yo y allá afuera hay cola para hacer lo que tu haces”. No hay respeto ya a la experiencia que aportamos, a los vacios que llenamos, a la pasión que le ponemos. Simplemente, nos estamos volviendo desechables.

Ya se que me estoy quejando demasiado y que hay gente que mataría por tener su propio negocio; ser “dueño de su tiempo”. Esto entrecomillado, ya que nuestro tiempo ahora es de muchos. Pero bueno. Mi punto principal es la falta de certeza que como empresarios tenemos en México. Los bancos no nos prestan, los clientes no nos pagan lo que vale nuestro trabajo, cualquiera se puede desaparecer sin dejar rastro y dejarte colgado con proveedores, salarios, utilidades. Para ellos, 200 ó 300 mil pesos no significan mucho. Para nosotros es la sangre para el crecimiento; dejamos horas, hijos, familias, parejas, relaciones, canas, sangre, sudor y almorranas en nuestras oficinas para salir adelante.

Hoy que estamos en época electoral, me encantaría dejar de escuchar toda esa palabrería hueca enfocada a los programas sociales. Eso solo sirve para dar limosnas y comprar fidelidades. Los candidatos prometen su famoso ya millón de empleos al año. Yo no se cómo le piensan hacer, ya que somos nosotros y nadie más los que generamos esos empleos. Y mientras no tengamos certeza y un plan de acción real para que los empresarios tengamos un marco jurídico que nos permita ejercer nuestrs derechos a la retribución justa y pronta, son palabras que se las lleva el viento. No me ayuda en nada que lo que pago de impuestos se vaya en regalarlo en útiles escolares de los niños de Nacozari. Ya pago los de mis hijos y cada vez me cuesta más trabajo.

Y ya me voy, porque son las 3 de la mañana en sábado y tengo que entregar un video.

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México secuestrado.

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Cortesía de orato.comAntes de embarcarme en lo que será un día largo y productivo de trabajo, quiero compartir mi opinión con respecto a las “polémicas” que se han desatado alrededor de los debates para la presidencia de México en 2012. Dicho esto, me arranco porque el tiempo apremia.

Primero, no voy a hablar de los debates. Los que he visto me han aburrido, son tiesos, no tienen formato de debate ya que los candidatos no se hablan entre ellos y se convierten en spots de 2 minutos donde nadie interactúa. Lo que me llama poderosamente la atención es la importancia que las personas le dan a los políticos y la facilidad con la que nos tienen secuestrados en todos los aspectos de nuestras vidas.

En México no dejamos pasar la oportunidad de empoderar absurdamente a cualquier político. No se bien por que lo hacemos. Tal vez para sentirnos bien a la hora de atacarlos, nunca de frente, siempre en la conversación cantinera 2.0 (el tuiter, pues), en las sombras. Pero de cualquier manera, permitimos todos los días que tomen posesión de nuestras decisiones, de nuestras vidas. No tenemos libertad porque se la dejamos a ellos.

Hace poco comentaba con un grupo de personas que lo que le falta a México es creérsela. De verdad tenemos todo para ser una potencia mundial. Turismo, recursos naturales, gente trabajadora, relaciones comerciales importantes, economía estable. ¿Porqué entonces permitimos que un grupo de fascinerosos decida por nosotros? ¿En qué momento perdimos la fe como personas, dejamos de entender que la diferencia la hacemos en casa? Es claro que tenemos una clase política que vive en un país distinto al nuestro. Dejó también de entender para quién trabaja, cual es su función en la sociedad. Nosotros somos sus cómplices, con una desgastante relación de amor-odio, de padredesalmado-hijomalagradecido que nos mantiene en una espiral sin fondo y no nos permite ver la solución de nuestros problemas como sociedad.

¿Qué se puede hacer? En mi opinión, lo primero es quitarle el poder a la clase política. Y con esto no me refiero a tomar las armas y colgarlos de los tompiates -que no suena mal en muchos casos- , sino a tomar nuestra responsabilidad y dejar de soportar las decisiones en ellos. No podemos seguir, como país, politizando cada pequeño aspecto de lo que sucede aquí. Tenemos que ser más ligeros en nuestras formas, relajar el discurso en todos los niveles y disfrutar más de lo que somos y de lo que tenemos en México. Nosotros, que nos burlamos de la muerte, tenemos un bajísimo nivel de tolerancia a la crítica. Sentimos que nos hacen menos, gran parte de la sociedad vive en la colonia, enredados en sentimientos de conquista. Los países que se la creen, que se dan valor, que confían en sus capacidades, son los punteros no solo en lo económico, sino en lo social.

Hay leyes contra el secuestro. Deberíamos tipificar estas acciones como secuestros sociales, en la que nuestra libertad está supeditada a las acciones unilaterales de unos cuantos -y estos cuantos no son los empresarios- nos tienen con un pie en el cuello, viendo como todos pasan sobre nosotros.

Vamos a liberar a México.

Comenten y aporten.

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