Hoy no quiero hablar de nada serio. La vida se ha dedicado a vapulearme un poco y me ha quitado las ganas de analizar cualquier cosa. Por eso, dedicaré este post a hacerlo como cualquier anodino y aburrido blog personal: les voy a contar parte de mi vida, que seguro es absolutamente intrascendente.

Hace 25 años estaba en la preparatoria. Era un cuate relajado, valemadrista, con el pelo largo, mi novia, un coche de tercera mano. No tenía ninguna obligación en la vida mas que ir a la escuela, en la que además no iba muy bien: los que estudiaron en el Tec seguramente recuerdan el PAA (Programa de Asesoría Académica) que básicamente era una segunda oportunidad si ya te habían corrido por estudios o disciplina. Una de las cosas que teníamos que hacer era correr todas las mañanas, a las 8 los de prepa y a las 7 los de profesional. A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de hace 25 años estaba en clase de algo en un tercer piso que se empezó a mover como loco, se detuvo un momento y se volvió  a zarandear. 90 segundos eternos. Como estaba en el Lago de Guadalupe, al norte de la ciudad en el estado de México, se sintió feo pero como cualquiero otro temblor que hubiera yo sentido a mis 17 años. La verdad es que ninguno de los que estabamos ahí le dimos mayor importancia y continuamos con nuestras vidas como si nada.

Regresé a mi casa como a la una y media de la tarde y fui recibido como el hijo pródigo; nunca con tanto gusto. En pocos segundos deduje, ya que siempre he sido muy inteligente, lo que estaba pasando. El centro histórico y zonas cercanas, como la colonia de los Doctores y la Roma se habían derrumbado y había miles de muertos y heridos. Mi madre pensaba que el mundo se había acabado y que todos estábamos muertos.

Una vez repuesto del primer shock, me di cuenta que era absolutamente necesario sumarme de alguna manera a las labores de rescate. Yo estaba joven y fuerte, hacía harto ejercicio y tenía unos músculos envidiables (ok, no tanto), una camionetita Dart K que podía transportar lo que fuera sin dolor de mi parte y sobre todo, tenía un agujero en el corazón de pensar que mi ciudad estaba en semejante situación (cabe mencionar que en mi casa no pasó absolutamente nada y a unos tíos casi se les derrumbó el edificio del que se acababan de cambiar y lograron sacar todo). No quiero abundar en los detalles de lo que pasó durante las siguientes semanas, en las que vivimos de todo, desde sacar muertos hasta emborracharnos con los militares. Lo que si quiero platicar es lo que creo que cambió en México.

México circa 1985 era un buen lugar para vivir. Estábamos en crisis, pero eso no le impedía a nuestro país organizar el mundial de futbol que iba a ser el siguiente año. Se podía salir, viajar, comer y divertirse sin mucho aspaviento. Con el temblor cambiaron muchas cosas, no solo que durante años todos los teléfonos públicos fueron gratis, sino que la gente se dio cuenta que estaba manejada por una punta de pillos que dejaron salir lo peor que tenían en sus entrañas para hacernos miserables. La gente despertó como nunca lo había visto. Se encargó de estar hombro con hombro para remover piedras, cadáveres, dar de comer, transportar escombros, localizar gente, identificar medicinas, donar lo que tenían para el que se quedó si nada. A nadie le importaba el gobieno, solo le importaba el otro. Nadie esperaba que De la Madrid y su comitiva hicieran nada por nadie. Era una verdadera solidaridad, que tristemente se convirtió en frase política unos años después. La sociedad se hizo una y se manifestó como no se había visto: trabajando con un objetivo común.

Pasaron los años y todo eso se perdió. Pasó el mundial y ya nadie se acordaba que aún quedaban cientos si  o miles de edificios derrumbados o en pésimas condiciones en los que vivía gente que se quedó sin nada. Surgieron cientos de líderes como René Bejarano que se dedicaron a organizar a la mala a la gente para su beneficio personal. Todo ese espíritu de solidaridad se disolvió poco a poco, volviéndose un simulacro anual que pretende conmemorar a los miles y miles de muertos que ese día creían que sus casa, escuelas y hospitales estaban bien construidos. Nos volvimos cínicos después de haber perdido la inocencia en 90 segundos que la tierra decidió moverse. La ciudad se sacudió, pero no logró sacudirnos ese desgano por ser una mejor sociedad. Pasó y se olvidó.

Yo saqué muertos cuando tenía 17 años. Hoy, a mis casi 43, los cuento en la tele.

¿Ya ven cómo son? Yo les quería nada más contar una historia y terminé en esto.

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