Archive for September, 2010

Cuando México se sacudió

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Hoy no quiero hablar de nada serio. La vida se ha dedicado a vapulearme un poco y me ha quitado las ganas de analizar cualquier cosa. Por eso, dedicaré este post a hacerlo como cualquier anodino y aburrido blog personal: les voy a contar parte de mi vida, que seguro es absolutamente intrascendente.

Hace 25 años estaba en la preparatoria. Era un cuate relajado, valemadrista, con el pelo largo, mi novia, un coche de tercera mano. No tenía ninguna obligación en la vida mas que ir a la escuela, en la que además no iba muy bien: los que estudiaron en el Tec seguramente recuerdan el PAA (Programa de Asesoría Académica) que básicamente era una segunda oportunidad si ya te habían corrido por estudios o disciplina. Una de las cosas que teníamos que hacer era correr todas las mañanas, a las 8 los de prepa y a las 7 los de profesional. A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de hace 25 años estaba en clase de algo en un tercer piso que se empezó a mover como loco, se detuvo un momento y se volvió  a zarandear. 90 segundos eternos. Como estaba en el Lago de Guadalupe, al norte de la ciudad en el estado de México, se sintió feo pero como cualquiero otro temblor que hubiera yo sentido a mis 17 años. La verdad es que ninguno de los que estabamos ahí le dimos mayor importancia y continuamos con nuestras vidas como si nada.

Regresé a mi casa como a la una y media de la tarde y fui recibido como el hijo pródigo; nunca con tanto gusto. En pocos segundos deduje, ya que siempre he sido muy inteligente, lo que estaba pasando. El centro histórico y zonas cercanas, como la colonia de los Doctores y la Roma se habían derrumbado y había miles de muertos y heridos. Mi madre pensaba que el mundo se había acabado y que todos estábamos muertos.

Una vez repuesto del primer shock, me di cuenta que era absolutamente necesario sumarme de alguna manera a las labores de rescate. Yo estaba joven y fuerte, hacía harto ejercicio y tenía unos músculos envidiables (ok, no tanto), una camionetita Dart K que podía transportar lo que fuera sin dolor de mi parte y sobre todo, tenía un agujero en el corazón de pensar que mi ciudad estaba en semejante situación (cabe mencionar que en mi casa no pasó absolutamente nada y a unos tíos casi se les derrumbó el edificio del que se acababan de cambiar y lograron sacar todo). No quiero abundar en los detalles de lo que pasó durante las siguientes semanas, en las que vivimos de todo, desde sacar muertos hasta emborracharnos con los militares. Lo que si quiero platicar es lo que creo que cambió en México.

México circa 1985 era un buen lugar para vivir. Estábamos en crisis, pero eso no le impedía a nuestro país organizar el mundial de futbol que iba a ser el siguiente año. Se podía salir, viajar, comer y divertirse sin mucho aspaviento. Con el temblor cambiaron muchas cosas, no solo que durante años todos los teléfonos públicos fueron gratis, sino que la gente se dio cuenta que estaba manejada por una punta de pillos que dejaron salir lo peor que tenían en sus entrañas para hacernos miserables. La gente despertó como nunca lo había visto. Se encargó de estar hombro con hombro para remover piedras, cadáveres, dar de comer, transportar escombros, localizar gente, identificar medicinas, donar lo que tenían para el que se quedó si nada. A nadie le importaba el gobieno, solo le importaba el otro. Nadie esperaba que De la Madrid y su comitiva hicieran nada por nadie. Era una verdadera solidaridad, que tristemente se convirtió en frase política unos años después. La sociedad se hizo una y se manifestó como no se había visto: trabajando con un objetivo común.

Pasaron los años y todo eso se perdió. Pasó el mundial y ya nadie se acordaba que aún quedaban cientos si  o miles de edificios derrumbados o en pésimas condiciones en los que vivía gente que se quedó sin nada. Surgieron cientos de líderes como René Bejarano que se dedicaron a organizar a la mala a la gente para su beneficio personal. Todo ese espíritu de solidaridad se disolvió poco a poco, volviéndose un simulacro anual que pretende conmemorar a los miles y miles de muertos que ese día creían que sus casa, escuelas y hospitales estaban bien construidos. Nos volvimos cínicos después de haber perdido la inocencia en 90 segundos que la tierra decidió moverse. La ciudad se sacudió, pero no logró sacudirnos ese desgano por ser una mejor sociedad. Pasó y se olvidó.

Yo saqué muertos cuando tenía 17 años. Hoy, a mis casi 43, los cuento en la tele.

¿Ya ven cómo son? Yo les quería nada más contar una historia y terminé en esto.

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México. No creo en ti.

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No hay fecha que no se cumpla. Al fin llegó el tan ansiado bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución mexicanas. Y por mas que intento emocionarme con estas fechas que en teoría son parte aguas en la historia moderna de nuestro país, nomas no me sale lo azteca ni lo criollo y mucho menos lo mexicano. Me explico.

Ser ciudadano de un país no se circunscribe a donde naciste; esta por lo general es una herencia maldita y contadas son las personas en el mundo que realmente están contentas con el lugar donde viven. Siempre hay una queja del gobierno, del clima, de las demás personas, de la situación política y social, etc. Somos unos quejicas que nomas nada nos embona. La diferencia radica, a mis ojos, en el orgullo que podemos sentir por formar parte de una sociedad, de un país y de una tierra. Y este orgullo es algo que se modela a través de generaciones enteras. Lo que recibimos como sociedad es lo que devolvemos como orgullo. La verdad, desde hace mucho tiempo, los mexicanos no hemos recibido nada que nos permita sentirnos orgullosos de serlo.

Yo voy a cumplir 43 años. Desde que tengo un uso razonable de la memoria, por allá de mediados de los años 70, vivimos en crisis. Mis papás construyeron una casa a la que nos tuvimos que mudar sin pisos ni puertas, las que tuvimos varios años después, por la famosa primera devaluación de 1976. Apenas si la libraron. Después vinieron las épocas de Lopez Portillo, que para que abundo en ellas. El temblor del 85, con el despertar de la sociedad civil a la enorme y patente ineptitud de sus autoridades; la estrepitosa caída de la bolsa del 88, que me llevo entre las patas con los pocos ahorros que tenía. El asesinato de Colosio y el desastre político que se desencadenó. La nueva crisis del 94 con una paliza peor que la anterior. Y así me podría seguir año con año, evento por evento hasta llegar a todo lo que esta pasando hoy.

México me ha enseñado que no puedo confiar en el. Que la gente que aquí vive no es de fiar, que me van a torcer en el momento que puedan, que no hay autoridades que me van a defender, que no hay planes que se van a cumplir, que no hay programas de largo plazo ni visiones de estabilidad verdaderas. Me ha dicho por los últimos 35 años que aquí cada quien se rasca con sus uñas y que mas te vale ser astuto y sagaz, porque si intentas hacer las cosas como se debe seguramente no te van a salir. Me ha dejado claro que lo interesante es lo malo, que la mentira no se castiga y que es mejor robar que producir. México se ha empeñado en hacerme creer que la mejor manera de vivir es estirando la mano, sintiéndome siempre de segunda, menos que cualquier otro ciudadano de cualquier país, siempre que no sea africano o de la Micronesia. Todos los días me recuerda que para triunfar hay que irse de aquí, porque no me va a dar oportunidades reales a menos que pague por ellas y a unos costos brutales. Me repite una y otra vez que se puede ser exitoso sin tener ningún talento, siempre y cuando conozca a la persona indicada y que en el momento que lo logras más te vale irte a vivir a Miami o a Los Angeles porque aquí seguramente te van a asaltar. Me enseña con tristeza que el agua, la tierra y el aire no son importantes. Me embarra en la cara que ser proactivo y emprendedor es poco menos que un pecado, penado con el desprecio popular. Me dice que ser indio es lo peor que te puede pasar, no una característica que debe generar respeto y admiración.

Un país lo hacemos todos. No es el gobierno, no el presidente, no tu diputado. TODOS. Y todos, en mayor o menor medida, hemos contribuido a hacer de nuestro país la porquería en la que estamos parados. Vivimos agarrados de tres hilitos, de los que dos están a punto de reventar. Los que tenemos un estilo de vida relativamente cómodo es porque nos hemos metido en una burbuja que cada día se ve más y más amenazada. Los que han sufrido las crisis están a nada de salir a reclamar fuerte y claro. El río está muy revuelto y ante la impunidad la delincuencia está en su apogeo. Y todo esto tiene una gran, enorme capa de barniz de que todo esta bien. No. No esta bien. Las condiciones para crecer como persona, como empresario, como profesional no están dadas y la gente se esta hartando, o peor aun, ya no le importa y esta dejando el país a la deriva y en manos de verdaderos chacales que le van a exprimir hasta la ultima gota de sangre mientras nosotros los vemos complacientes y pasivos.

Yo no voy a celebrar nada porque creo que no hay nada que celebrar. Prefiero levantarme todos los días, dar gracias por estar vivo y ver como le voy a hacer para que mi burbuja no se rompa y poder incluir a mas personas dentro de ella. Hacer de mi círculo cercano un buen lugar para vivir. Todavía no me doy por vencido. Creo que hay salidas y que estas no están en la situación imperante. La estructura se tiene que mover y derrumbar lo que no sirve, podar las ramas viejas y darle luz a las nuevas.

Dejemos de creer que aquí nos toco vivir. Nosotros determinamos donde y cómo queremos vivir. En serio, no es broma. Eso si se puede. No es orden divino ni la virgencita. Salgamos hoy, olvidándonos de estas mamarrachadas del bicentenario a crear nuestro país. Si se puede.

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