Estoy en el aeropuerto de San Francisco esperando un vuelo que me llevará lejos. Antes de salir de México, hace varias horas ya, decidí desconectar del mundo mi iPhone (redes, 3G, push mail etc.) para evitar incurrir en esos enormes gastos y atorones que Telcel me receta cada vez que salgo del país. Y cual va siendo mi sorpresa cuando, al estar desayunando un omelette tipo hule, encuentro una red de TMobile que me permite navegar desde mi cuenta de Prodigy.

Como mexicano uno siempre es reticente a estas comodidades tecnológicas. Piensa que hay costos ocultos (aún no estoy seguro que vaya a llegar una cuenta adicional, pero eso es otro cantar) o que el FBI nos va a fiscalizar. Pero el hecho de tener acceso a MI cuenta de internet en otro país con solo meter mi cliente y mi password me parece fascinante. Hasta pienso que Telmex lo está haciendo bien.

Por lo pronto, estoy en una zona de comida rápida, rodeado de la fauna internacional, tomando un café bastante correcto y escuchando a unos cantantes que me recuerdan a la nostalgia del verano del amor en la Gran Bahía. Y ustedes lo saben gracias a la larga mano de la tecnolgía.

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