El ojo infinito

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El Ojo Infinito • Foto de Lorena Cejudo Rodríguez

La primera vez que tuve una cámara entre las manos tenía 9 ó 10 años. Era una cámara Kodak 126, de las que usaban flash de cuadrito. Los rollos eran unas cápsulas sensacionales, donde para mi se escondían las personas y los paisajes que les tomaba foto. Mi mamá se los llevaba (supongo que se los daba a mi abuelo, que era un clavado de la foto) y unos días después volvía un sobre lleno de caras, paisajes, comidas y recuerdos. Quedé atrapado para siempre.

La foto en tiempos de mi infancia no era un arte ni mucho menos. Era una manera de atrapar el momento, la sonrisa, el grupo que se repetía en cada evento y que por alguna razón extraña pensaban que si se tomaban una foto tendrían recuerdos indelebles y que con solo verla evocarían cada detalle de esa comida o de ese viaje. Nada más alejado de la realidad. Las imágenes iban a parar a un album que rara vez se veía y, por si fuera poco y como me enteré años más tarde, mi madre tiraba (si, querido lector, dije bien) TIRABA los negativos. Su lógica era que si ya tenía las fotos, ¿para qué quería los negativos?

Viví en este engaño durante toda mi adolescencia. Las fotos eran meros apéndices de comidas familiares que no llegaban a ningún lado. No recuerdo que nadie nunca dijera “que buena foto tomaste cuando fuimos a Tepetlaoxtoc” (este lugar si existe); nadie en mi familia consideraba la foto como una forma de vida o siquiera como algo más allá del album. Para mi, en cambio, la foto era una urgencia. Me encantaba tener una cámara en las manos, aunque fuera una 110, esos remedos plásticos ochenteros que tenían un cartucho por rollo y que a la fecha es el peor formato posble, pero que me permitía guardar lo que yo quería: edificios, flores, paisajes, todo lo que no tuviera una persona presente. Bastantes grupos de tios y primos había visto para mancillar mis fotos. Todos me decían que para qué quería una foto en la que no salía nadie. La verdad nunca supe que contestar, pero la mera idea de tener a alguien parado enfrente de la torre Eiffel o de una puesta de sol solo para recordar que estuvo ahí me daba mareos.

Para mi la imagen tenía que ser pura. Algo que comunicara por si misma. Las personas eran simples elementos que le dieran fuerza, no los protagonistas de un recuerdo vago y vacío. Cada vez me fui metiendo más y más, experimentando y haciéndole moño el hígado a mis compañeros de viaje cuando regresaba con diez rollos y tres fotos con alguno de ellos presente. Empecé a comprar libros de foto, mejoré la calidad de mis cámaras, estudié. Pero esto tuvo un downside. Mis fotos empezaron a ser técnicamente correctas pero perdieron algo que creo que es fundamental en la fotografía: el alma.

Cuando un fotógrafo se lleva la cámara al ojo no solo está capturando un momento: le está imprimiendo su espíritu. He visto a decenas de personas que sin ningún entrenamiento previo logran imágenes de una fuerza sorprendente. A muchos de estos les he ayudado a conocer sus cámaras, explicándoles conceptos como encuadre, composición, exposición o proporción aurea. Pocos entienden de que hablo, pero sus imágenes hablan solas. Y yo, que tanto amo la fotografía, perdí en algún momento ese ojo infinito que puede ver más allá de los elementos y que deja plasmado un sentimiento, un instante mágico. No digo que no lo he logrado, pero la proporción de fotos que tomo (un promedio de 1,500 imágenes en un viaje de una semana) contra las que me siento realmente orgulloso es muy dispar.

Hoy vivo de la imagen. En mi productora me dedico principalmente a vender y a fotografiar en video. Pero no es suficiente. Cada vez me siento más frustrado de no lograr esa ballena blanca, esa imagen que con solo verla se ponga la piel de gallina, la que cualquier persona quisiera tener en su casa; decenas de miles de fotos después, mi ojo está perdido y yo desesperado por recuperarlo. Quiero desaprender, regresar a esa inocencia de ver más allá y que sea natural. Mi primer paso, fue regresar a la cámara de rollo, que mi buen amigo Jazzrockman me hizo favor de venderme (que, dicho sea de paso, siempre fua la cámara de mis sueños, una Nikon F4s) para volver al misterio de la imagen, no saber el resultado y ser más cuidadoso al fotografiar, esperando el momento adecuado para disparar y seguir, sin tener esa satisfacción inmediata.

A mis 45 años he vivido muchas frustraciones y la fotografía sigue siendo el gran solaz en el que retozo libremente. Ahi soy yo y nadie me dice que hacer. Si de verdad quiero ser feliz, la fotografía será un elemento fundamental. Por eso quiero recuoerar mi ojo infinito.

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El negocio del video, segunda parte.

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La organización de un proyecto audiovisual es como el amor: todos hablan de él pero nadie sabe como hacerlo. Como aquel, la organización requiere de dedicación, atención, detalles, consistencia y mucha práctica. Por esto y porque soy bien buena persona, les voy a pasar algunos tips de cual es la mejor manera de hacerlo. La organización, no el amor, que eso está en mi cuenta alterna.

Lo primero que hay que considerar es la naturaleza del proyecto. No es lo mismo organizar una película, un comercial, un video corporativo, un proyecto online o un documental. Cada uno tiene detalles particulares, aunque los principios de organización sean los mismos.

Vamos a poner como ejemplo un video corporativo, que es lo que tengo más a la mano.

Por la naturaleza de estos proyectos, es muy posible que tengamos material en video con distintos formatos, bajados de YouTube, DVDs, MP4, MPEG, MOV, Full HD; fotos de celular, de internet, de una cámara profesional; gráficos en Illustrator, PSD, CMYK, RGB,PNG, JPEG, TIF, pegados en un Power Point; audios en MP3, WAV, AIF. El peor escenario posible. Hay que recordar que para este tipo de proyectos trabajamos con gente que no necesariamente sabe de producción y los están nutriendo áreas que a duras penas pueden conseguir los materiales necesarios; dependen por completo de nuestro expertise para sacar adelante el proyecto.

Por más ganas que tengan de brincar directamente a demostrar sus dotes de editor, hay que pensar siempre en el peor escenario: que nosotros no vamos a poder terminar el proyecto. Esto nos obliga a que la organización sea perfecta, para que dado el caso, cualquier persona pueda entender como está preparado y que la dinámica de producción no se detenga.

Una vez que tenemos el material con nosotros hay que estandarizarlo. Las normas para cada plataforma son distintas, así que me voy a centrar en un proyecto realizado en la suite de Final Cut Studio 2, en full HD, 1080p. Insisto, cada plataforma maneja normas similares pero distintas, así que hay que investigar cuales son y hacerlo asi para óptimos resultados. Recuerden. Este es un ejemplo de un video corporativo que seguramente será utilizado en una convención o se verá en una pantalla de computadora. Otros proyectos tienen normas distintas.

Empezaremos con las normas de cada uno de los materiales necesarios y después pasaremos a la organización del proyecto.

VIDEO

Si vamos a trabajar en Full HD 1080p, el mejor CODEC que hemos utilizado es Apple ProRess LT, por el peso de los archivos y la calidad de imagen. Un programa excelente para hacer la conversión de todos los archivos de video es MPEG StreamClip que permite cambiar prácticamente de cualquier formato a cualquier formato. Es un programa muy amigable e intuitivo. Si trabajan con RED o con P2 de Panasonic, es necesario tener los plugins de estos para poder bajarlos a la computadora y hacer la conversión. Chequen la información de su cámara para saber si es necesario un programa adicional para la conversión.

GRAFICOS

El estándar de colores en la televisión es RGB y todos nuestros materiales deben ser así. Es muy posible que si solicitan materiales gráficos a su cliente este los pida a la agencia de publicidad o diseño; los diseñadores gráficos NUNCA trabajan en RGB a menos que sean digitales. Los materiales que lleguen de esta fuente es casi seguro que sean CMYK.

La regla que yo sigo es que las imágenes fijas (fotos, logos, gráficos, etc.) debes ser 30% más grandes que el tamaño del cuadro de video, que es de 1920×1080 pixeles. Esto nos da 2500×1400 aproximadamente. Esto nos sirve en caso que queramos hacer un zoom en una foto, por ejemplo. Tomen en cuenta (y esto es importante que su cliente lo sepa desde el principio), que los pixeles no se pueden crear donde no existen. Una foto de un Blackberry, que se ve del rabo en la pantalla de la computadora, se va a ver del rabo pero en una pantalla de 6 metros en la convención.

El formato correcto para una fotografía es: JPEG o PNG, 2500×1400 pixeles a 72dpi. Usar fotos de 300 dpi no sirve, alenta el proceso y no da ningún valor adicional a la imagen.

Los gráficos que vienen de Photoshop (PSD): si tienen fondo blanco o neutro, eliminarlo y guardar en PNG con canal Alpha, con mismo tamaño y resolución. Si son gráficos complejos, rasterizar los efectos, mantener los layers, tamaño y resolución iguales a la anterior.

Los gráficos que vienen de Illustrator (AI): Específicamente Final Cut no recibe gráficos de Illustrator, por lo que hay que exportarlos a Photoshop y hacer el proceso antes descrito.

Imágenes que vienen de un Power Point (PP): la peor opción posible pero que sucede muy a menudo. Lo mejor es crecer la foto o el gráfico lo que más puedan (seguramente serán de mala calidad, pero es lo que hay), copiarla, abrir un archivo nuevo en Photoshop, pegarla y seguir el mismo procedimiento.

AUDIO

Los formatos más socorridos son WAV o AIFF. No usen MP3. Les va a pedir render cada vez que hagan un cambio.

ORGANIZACION

Una vez que tienen todos sus materiales estandarizados, es necesario organizarlos.

La mejor manera de hacerlo es hacer carpetas en el Finder de Mac manualmente. Hay que tener una carpeta de Gráficos, Video, Audio, Textos, Información, etc. y dentro de estas carpetas, sub carpetas con materiales específicos, como locaciones o stock para video, animaciones, fotos del cliente, fotos de internet, etc. No importa cuantas carpetas generen; lo importante es que los materiales estén organizados de tal manera que cualquier persona pueda entenderlos, no solo ustedes.

Es fundamental que cada archivo tenga un nombre. Es muy desesperante abrir un proyecto y encontra un archivo que se llama 143O3456.jpg. Nombren sus archivos. Si tienen una carpeta con fotos de niños, puede ser algo tan simple como nino01.jpg, nino02.jpg, etc. Lo que más les acomode.

Una vez que definan un modelo de organización, quédense con él. No lo cambien de proyecto en proyecto. Los nombres de los archivos y carpetas pueden cambiar pero la esencia de la organización es la misma. Stick to it.

En breve anunciaremos el inicio de cursos para desarrollo de proyectos audiovisuales, visuales y digitales. Si están interesados, mandar un correo o feedback en este post con lo que les gustaría ver.

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El negocio del video, primera parte.

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Hace unos días decidí dar un giro a este blog, que tantas satisfacciones y sin sabores me ha traído y compartir algunas de mis experiencias en el mundo de la producción audiovisual corporativa, en la que cumplo 17 años en 2013. Algo habré aprendido que le puede servir al que quiere seguir por este tortuoso camino.

Este es el primero de una serie de posts en los que intentaré des construir los puntos que considero importantes del negocio de la producción de video y especialmente del mercado corporativo. Espero que les sirva y estoy a sus órdenes si puedo ampliar sus dudas.

¿Qué tiene de especial el mercado corporativo?

Este puede ser un buen comienzo. Para todas ustedes, criaturas creativas y vanguardistas que andan allá afuera, les quiero quitar, para abrir pista, la ilusión. Con sus contadas excepciones, el mercado corporativo no requiere de grandes e innovadoras ideas: requiere resultados. Esto fue durante los primeros años que me dedique a esto una fuente inagotable de frustración -yo venía del mundo de la publicidad, así que el chiste se cuenta solo.

Los clientes corporativos no tienen ni tiempo ni humor para contar chistes, hacer pensar a sus públicos o construir tensión para entregar el mensaje. Normalmente, presentan sus ideas en foros complicados, como convenciones, juntas de trabajo, presentaciones de ventas, etc., por lo que el tiempos la claridad del mensaje son factores fundamentales para el éxito de una producción audiovisual.

Como dije, esto tiene excepciones y esas son las más interesantes; no por que ahí se pueda vaciar el artista que seguramente llevan dentro, sino porque ahí se encuentra el verdadero reto y es donde tiene que sacar a relucir su título de Comunicación del CECC. El mundo corporativo tiene como principal objetivo los resultados del negocio, por lo que si se permite licencias creativas en sus producciones audiovisuales estas tienen que estar dirigidas al resultado del negocio. Plain and simple. Y convertir ese texto aburrido, lleno de números y planes comerciales en un doblaje coherente, simpático y con sentido, en una parodia de un popular programa de televisión o en un look alike de un canal para que comunique, divierta y sobre todo, deje claro el objetivo de negocio, es algo que lleva muchos años de trabajo, conocimiento del lenguaje, de los términos, de competencia, productos, finanzas, estrategia, etc. Para que me lo entiendan, no es enchílame esta gorda y me la empujo, pues.

Para cerrar esta primera entrega, les daría a los aspirantes a entregar sus horas laborales y su creatividad a este mercado las siguientes recomendaciones:

1. No crean que hacen vídeos. Eso es lo de menos. Lo que he aprendido es que siempre hay alguien que los hace mejor que yo. Pero también se que nadie se dedica a conocer el negocio de mi cliente como yo y esa es mi ventaja competitiva.

2. Sean curiosos. Vayan al súper. Lean las etiquetas y sepan a que empresa pertenecen. Pongan atención en anuncios exteriores, revistas especializadas, lean de negocios. Les sorprendería lo que le gusta a los clientes que los conozcas, que sepas de sus productos y lanzamientos.

3. No sean soberbios. A diferencia de la publicidad, aquí el cliente SI sabe lo que quiere. Tal vez no sepa COMO lo quiere, pero para eso están ustedes, lumbreras mías. Ustedes saben un montón de encuadres, iluminación, edición y postproducción, pero no tienen la más pálida idea de lo que es Organic Growth. Y ese dato es lo que le interesa al cliente.

4. No esperen aplausos. En todos estos años, nadie se ha acercado en la calle a decirme: “Oye, tu eres el que hizo la animación de Quiky para la junta con Walmart, ¿verdad?”. Somos héroes anónimos, que trabajamos como burros para presentar tres minutos UNA SOLA VEZ. Como le he dicho a la gente que a lo largo de los años ha trabajado conmigo: nosotros hacemos tortillas de harina. Algo muy rico que se acaba muy pronto y que sale en serie. Si quieren premios, hagan cine o anuncios. Aquí no es el lugar.

5. Sean precisos. Habrán notado las altas en el punto anterior. De verdad. El 95% de nuestro trabajo es desechable. Se ve en una junta de trabajo y ya. No tenemos oportunidad de dar dos veces el mensaje y hay que tomar en cuenta que en una convención el espectador promedio puede ver hasta 30 vídeos y 500 slides de Power Point en un día de trabajo. La hechura es muy importante, pero el mensaje es el rey.

Hasta aquí esta entrega, en breve hablaremos de otros temas relacionados.

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Shana Tova

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גמר חתימה טובה

May you be inscribed in the Book of Life for Good.

Thanks my dear friend

@dany

La trascendencia de la vida.

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No creas todo lo que te dicenEn últimas fechas no la he pasado nada bien, lo que mis fieles seguidores de redes sociales se habrán percatado y que agradezco no me hayan mandado desaparecer; por el contrario, han sido más que tolerantes con mis muinas y hasta me han apapachado un poco. Este estado de ánimo ha llevado a más de uno a recomendarme diversos métodos para relajarme, los que agradezco y consideraré utilizar. Pero también hay una corriente que me trata de convencer que mis males son pasajeros (lo que entiendo) pero sobre todo, que detrás de todo esto hay un plan fraguado por una instancia superior, a la cual le ponen varias denominaciones y que todo esto supone un aprendizaje de mi parte para mejorar en una existencia ulterior a la actual.

Now, wait a minute.

Quiero empezar por destacar que no creo en lo absoluto que exista dios. Quitando esto y siguiendo adelante, tampoco creo que formemos parte de un elaborado plan que conlleva sufrimiento actual en beneficio de gozo posterior. No creo tampoco que trascendemos como tal, aprendiendo en esta vida para tener una vida mejor después. Y tampoco creo que nos espera un premio si somos buenas personas.

Ahora, me explico.

El mal de la humanidad se llama homocentrismo. No se si estoy acuñando el término, que yo uso hace muchos años, pero se refiere a esa necesidad del ser humano a ser el centro absoluto del universo, el pináculo de la creación, el parteaguas en la naturaleza. En resumen, la vieja más buena de la fiesta. El ser humano no se puede concebir como parte de un ecosistema; tiene que ser el que lo maneja, el que manda sobre todas las cosas. Por eso se ha inventado tantas fantasías, dándose un sitio especial que proviene del hálito divino de un ser superior que no necesita justificación para existir. Desde mi perspectiva, no somos más importantes que un camarón, una hiena o una enredadera. Somos otro eslabón en la maravilla que es la vida de este planeta, pero nada más.

Pero todo esto tiene un truco: la conciencia humana. Hasta donde sabemos, somos los únicos seres de este planeta que tenemos conciencia de nuestro entorno, que lo podemos modificar e incluso podemos disfrutar de todo lo que el planeta tiene que ofrecer. Esta belleza nos avasalla a tal grado que nuestra naturaleza nos obliga a disfrutarla hasta el grado de acabar con ella. Somos seres insaciables, no tenemos medida, queremos todo y más. Esto deriva en que el gran miedo del hombre sea morir, porque al morir se acaba la fiesta. No solo queremos consumir todo lo que el mundo nos ofrece, sino que queremos seguirlo haciendo aún después de la muerte. Y así es como nos inventamos una mentira maravillosa: la trascendencia.

Esta se manifiesta en prácticamente todas las culturas, lo que más allá de debilitar mi argumento, lo fortalece: como humanos, pensamos igual. Decimos que hay vida después de la muerte, reencarnación, vida eterna, cielo, infierno, valhala, nirvana y demás. Y entiendo que todos estos cuentos se han creado para reducir el miedo a la muerte y que creamos como especie que vamos de aquí a otro lado. Hombres listos los que hicieron esto, pero hay una ilusión consensuada que esto es literal, que hay una nube con tu nombre, un caldero con tu foto, que mueres y regresas como rata o como rey (¿porqué será que nadie en una vida anterior era abogado, herrero o prostituta? todos era príncipes egipcios… o_O) o que hay cien vírgenes esperando del otro lado de la cuerda para premiarte por tus hazañas terrenales. Hombres y mujeres tontos que no entendieron el sentido figurado de la frase.

Mi visión es que, si queremos trascender como especie, tenemos que conectarnos más con la tierra que con el cielo. En serio, somos nocivos. En menos de 200 años, hemos acabado con ecosostemas completos. No existe una sola especie en el planeta que sea depredadora de tantos, incluso de la propia. Los leones comen cebras y ñus, pero no andan viendo si se joden a los cocodrilos o a las palomas solo porque no les cuadran. La vida es sabia, pero creo que la regó mal con este experiemento. Nuestra especie está destinada al fracaso si no conectamos como lo que somos, otro invitado más que tiene la oportunidad de convivir y durar algunos cientos de miles de años, si bien nos va, antes que las marsopas tomen el control.

Al principio dije que no creia en dios y por supuesto en la religión. Por eso quiero cerrar con parafraseando algo que viene de la biblia, de esas partes que escribieron pensadores y no fanáticos controladores.

Polvo (de estrellas) eres y en polvo (fertil) te convertirás.

Comenten y aporten. Namasté.

El lo entendió, lo entendió.

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Tengo la extraña sensación de estar en el limbo. No se si les ha pasado. Cuando quieres entender todo y no entiendes nada, cuando quieres todo y todo se escapa, cuando sabes cual debe ser la fuente de tu alegría y no quieres que esa sea, cuando crees que las cosas van bien y pues no. Así, normal.

He pasado por días aciagos, de esos que no le deseas a nadie. Demasiada realidad. Mucho contacto conmigo. No estoy acostumbrado. Parece que lo que más quiero me elude y soy lo suficientemente necio para no aceptarlo. No tengo idea cual será el resultado final de mi necedad; se cual quiero que sea, pero eso no depende de mi, no lo controlo y solo puedo esperar por lo mejor. He recibido grandes consejos y sorpresas -buenas y malas- de las personas que menos me lo esperaba y esto me mantiene en un subibaja emocional que no termina de detenerse, no acaba de cuajar. Esto no me exime de seguir adelante con lo que tengo que hacer, aunque no me apasione, a pesar de que no quiero hacerlo. Estoy en automático. Soy como Tom Hanks en Naufrago: otro día para seguir respirando, otro día para seguir existiendo, esperando nada más.

Entiendo -porque de verdad lo entiendo- que hay que moverse hacia adelante; sin embargo, cada que alguien me lo dice, que lo pienso, que lo racionalizo, que trato de convencerme, me doy cuenta que no necesariamente esto es lo correcto, por lo menos no para mi. La felicidad no es un estado constante. Es una serie de picos en tu vida. Pero la verdadera felicidad consiste en reconocer estos momentos que te quitan el aliento y dar la vida por recrearlos, por hacer lo que sea necesario para que no desaparezcan. ¿Dónde esta la ganancia en negarlos, en echarlos abajo de la alfombra como polvo viejo, si esos fueron los momento que le dieron y que seguramente le podrían seguir dando sentido a la efímera vida que tenemos en esta tierra? Yo no creo en la trascendencia del alma, ni en la continuidad de la la vida ni en nada que tenga que no tenga que ver con el aquí y ahora. Bastante complicado es encontrar esas chispas como para dejarlas morir lentamente en la oscuridad de los recuerdos.

Creo firmemente que la vida no son opciones sino la capacidad de tomar riesgos, de atreverte a transitar el camino más improbable, el que parece más lleno de espinas. Los valles más hermosos son los que están escondidos en lo más profundo del bosque y llegar a ellos es el verdadero premio de tomar el riesgo de buscarlos. Puedes recorrer estos caminos quejándote a cada paso o con una sonrisa en los labios, sabiendo lo que está esperando. Esas son las decisiones que hacen que tenga sentido la vida.

No estoy contento con este momento de mi vida. Hay muchas cosas que no hubiera hecho o que me gustaría cambiar para que hoy no fuera así. Pero no siempre depende de lo que uno quiera y el hubiera es el pretérito de los pendejos. Solo me queda la seguridad de que se cuanto valgo, que tengo mucho que dar, que soy capaz de dar y recibir amor y qué y quién me hace feliz. He visto la felicidad a los ojos, la he tocado y la he sentido hasta la última célula de mi ser. Si se todo esto, ¿cual es la razón para no luchar hasta el último aliento? Me lo pregunto.

Ni comenten ni aporten. Así esta bien por hoy.

A 11,880 metros sobre el nivel del mar

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Ultimamente me han chuleado mucho mis visiones políticas. Me dicen que hacen gran sentido, que por qué no oímos más voces así, que debería tener un programa de TV. La verdad no entiendo bien porqué me lo dicen y sospecho que tiene que ver con que ya no me estoy peleando con nadie.

Ya lo había comentado; para mi, el gobierno no es más que un grupo de personas que me dejan trabajar en paz. Que ellos pongan las condiciones, yo pongo el esfuerzo y los impuestos. Algunos me tachan de simplistas, pero sinceramente pienso que es laa complicación de todos los temas lo que está llevando a México a una espiral sin fondo de la que urge salir.

Hoy pienso, más que nunca, que lo más importante que le podríamos regalar a México es un gran consenso. Los temas están más que gastados: los problemas los conocemos todos y las soluciones también, pero seguimos empecinados en distribuir la responsabilidad, en paralizarnos sin ninguna razón aparente y en no tomar acciones concretas que hagan que seamos lo que estamos destinados a ser: una potencia mundial.

Creo firmemente que la gran mayoría de los candidatos a cualquier puesto de elección popular tienen buenas ideas y malas intenciones. Todo lo que proponen son obviedades -las soluciones que conocemos todos- y nunca dicen cómo lo van a hacer; nosotros mansamente les seguimos el juego. No supervisamos su trabajo, nos quejamos como Magdalenas de lo mal que nos tratan, que no nos hacen caso, nos sentimos víctimas del “mal gobierno” y como no hay premio por el buen trabajo (la reelección) no rompemos el círculo vicioso en el que estamos metidos hace muchos años. Todo se reduce a ver quién firma la chequera.

Es mucho más fácil vivir como víctima que trabajar en equipo. El consenso es complicado, si, pero sus beneficios son muchos. El que vive como víctima existe en la comodidad de la irresponsabilidad. No es dueño de sus decisiones, es consecuencia de los actos de los demás, no importa lo que haga hay un destino manifiesto que determina todos sus resultados. Son como niños.

Los que trabajan por el bien de un país están pendientes de propuestas, promesas, obras y resultados. Se involucran en su comunidad, asisten a asambleas ciudadanas, proponen desde su casa y hacia afuera, supervisan a su gobierno, actúan. No se detienen a esperar que el maná les caiga del cielo. Saben que el gobierno emana del pueblo y no alrevés. Ellos nos deben a nosotros, no alrevés. Nosotros somos los importantes, no alrevés. Pero México es el país alrevés. Creemos que marcar un pedazo de papel es ser ciudadano. Pensamos que el presidente, el gobernador, el diputado o el municipal son semidioses tocados por la divinidad -bueno, tienen una cosa que se llama “fuero” que los hace intocables.

Todo esto se deriva de una sola fuente: la aceptación de esta realidad. Nosotros decidimos que está bien ser martirizados por grupos que tienen el “poder”. ¿Qué cuernos es el poder? ¿Dinero? ¿Control de armas o de personal militar? ¿Volar? Ese supuesto poder viene de nuestra aceptación del status. Decidimos que los políticos son intocables y lo son. Mi teoría es que secretamente queremos tener acceso a las arcas de la nación para saquerlas y que no perdemos la esperanza de estar en sus zapatos, por eso no le movemos.

Hay ejemplos contundentes en todo el mundo del punto de inflexión donde la gente un día tomó una decisión: YA NO MÁS. Algunos han tomado las armas, otros las ideas. De cualquier forma, los cambios son drásticos. Depende de la madurez de un pueblo el resultado de estos cambios. Mi opinión es que a México le falta consenso para tomar la gran decisión de qué tipo de país queremos ser. Hay muchos Méxicos y más visiones aún. Esta es una asignatura inaplazable. Otros países nos pasan raudos, olvidando pasados y viendo futuros. Y nosotros, ¿cuándo?

Comenten y aporten. Si ven medio desincorporadas las ideas, es la falta de oxigenación a 11,880 metros sobre el nivel medio del mar, de acuerdo a nuestro capitán.

¿Adversarios o divergentes?

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Ahora si las campañas políticas están con todo. Desde la marcha de #soyel132 (para los que no lo saben, en la visita de Peña Nieto a la Ibero lo abuchearon, el PRI dijo que eran porros y se hizo un video con 131 alumnos diciendo que ellos habían sido, lo que derivó en un movimiento de apoyo llamado Soy el 132; mi conocimiento de la actualidad es conmovedora), pasando por los desfiguros de los candidatos, las cochinadas de los exgobernadores, hasta incidentes como el del piloto de Aeroméxico que fue suspendido un año de su trabajo por darle la bienvenida a AMLO en el avión, cada día más gente está metida en lo que van a hacer y cómo se van a destazar esta semana. Incluso ha llegado a rompimiento de amistades las diferencias políticas. Yo que voy en mi octavo presidente desde que nací, nunca me había tocado ver esta efervescencia y esta pasión. La polarización es el tema del día.

Hasta hace poco yo decía que no sabía por quien iba a votar. Ahora ya lo se. Voy a votar por los cuatro candidatos. Voy a poner una cruz en cada uno de los espacios (ya se que el voto se anula, no me lo tienen que explicar) y en la parte de atrás de la boleta voy a mandar un atento mensaje a los candidatos, pidiéndoles que lo mejor que pueden hacer es unir sus ideas, que el que gane ponga a los otros tres en su gabinete y que de una buena vez dejen de pensar en sus partidos y que se pongan a pensar en México.

Esta pequeña acción se me hace más valida que llegar a tachonear con ira la boleta electoral. Manda un mensaje claro, una petición ciudadana que invita a sumar y a olvidarse de diferencias. Sobrepone de verdad el interés nacional al interés particular. A mi no me importa quién gobierne siempre y cuando lo haga honestamente, aplicando la ley y los presupuestos. Porque si lo que quieren es ver quien firma la chequera, la verdad, que se ahorren el proceso, que hagan unos Juegos del Hambre Electorales y el que quede vivo que tenga derecho a vaciar las arcas de la nación. De nada sirve que nos doren la píldora si sus intenciones no son ser un verdadero siervo de la nación.

Somos un país que admira a los malhechores. Les hacemos corridos, nombramos calles y colonias con sus nombres, les ponemos estatuas. Hoy los políticos -salvo honrosas excepciones- están al nivel de los narcotraficantes. La gente repudia lo que hacen, pero mi opinión es que secretamente los envidian. Lo que odian es no estar metidos en ese círculo, en el que la corrupción y el robo es visto como normal. Desde la mordida al policía hasta Walmart pagando a los cabildos del país para poner sus tiendas, el mexicano promedio ha vivido y vive dentro de la corrupción. Y corromper, como la palabra lo indica, implica corresponsabilidad. No es uno. Es el que da y el que recibe, el que hace y el que no mira, el que sabe pero no denuncia. Y el círculo debe ser roto ya.

Hoy no tenemos un proyecto de nación. Tenemos muchos. Entre los candidatos se llaman “adversarios”. Me gustaría que se llamaran “divergentes”, ya que esto implica un tronco común y diversas maneras de hacerlo. Adversario suena a confrontación, a mala onda, a odio escondido. México ya no aguanta mucho más. Algunos de los que estuvieron en la famosa marcha -que, cabe mencionar, partió de la Estela de Luz, vilipendiada por ellos mismos- incluso se atrevieron a decir que si Peña Nieto ganaba iban a tomar las armas. En el siglo XXI en nuestro país tenemos libertades y oportunidades que nos envidian incluso en Estados Unidos y Europa. Hacer estos llamados es irresponsable y estúpido. Eso si marcaría un retroceso del que difícilmente saldríamos bien librados. Lo que es urgente es que los adversarios se vuelvan divergentes y tengan un tema en común, México, y que sumen sus estrategias y planes. Todos tienen algo que aportar. Peña Nieto es carismático, Quadri es inteligente, López Obrador es directo y valiente, Josefina Vázquez es trabajadora y enfocada. Y nosotros, la sociedad, no podemos seguir dejando en manos de quien sea nuestro país. Es como tener un negocio. Si no lo atiendes, la gente ve arcas llenas y le saca a montones. Tenemos que cumplir nuestro papel de supervisar las acciones que nuestros gobernantes están haciendo, que hacen con la hacienda pública, que compromisos dijeron que iban a cumplir, en que están trabajando. Ese es nuesro papel.

Si seguimos haciendo las cosas igual esperando resultados diferentes, vamos a caer en la locura. Einstein lo sabía. Cada vez que se equivocaba, lo veía como una de las diez mil maneras como no iba a funcionar. Afortunadamente, tenía otras tantas por probar. Nuestro futuro no está grabado en piedra. Lo podemos cambiar cuando y como queramos, pero necesitamos la valentía de cambiar las formas y los fondos. Hay que buscar soluciones distintas, radicales y pacíficas.

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Envidio a Carlos Fuentes

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Esto es nuevo. Estoy tirado en la oscuridad de mi habitación, con el iPad en la barriga, iluminado solo por su resplandor y escribiendo. Si, escribiendo por que me libera, porque me desangustia, porque me ayuda. Este es un lujo que me doy. Son pocos, pero por mucho, este es el más gratificante.
Advierto: no quiero sonar pedante, pero escribo en honor a Carlos Fuentes, que hoy se nos fue y dejó un legado que dará para que muchas y más importantes plumas vacíen sus sesudos conocimientos sobre su obra. Lo leí poco, lo admiré algo pero lo envidié mucho. Porque trascendió al siglo, porque fue amigo cercano de mi inolvidable Jorge Ibargüengoitia, porque recibió cuanto honor y cuanto premio -qué más da si lo ignoró el Nobel-, pero sobre todo, porque escribió y escribió y escribió hasta el último día de su vida. Y a mi, que me encanta escribir, que se lo liberador y humano que es, que no pretendo bajo ninguna circunstancia compararme con nadie pero que entiendo la fragilidad que alma siente cuando se vacía en palabras, envidio que tratara “a sus letras como putas” como bien lo dijo hoy @jairocalixto y que escribiera veinte o mas novelas, miles de artículos y que se enfrentara todos los días a ese páramo, a ese baldío que es una hoja en blanco, lista para ser profanada.
Escribir es humano y leer es humanizante. Nos coloca en igualdad de circunstancias, donde el escribano y el leyente guardan celosamente su esquina en ese espacio común. Como el árbol que cae y que nadie escucha genera la duda si hizo ruido, el texto que se escribe y nadie lee es letra muerta, es una idea marchita. Por eso envidio a Fuentes, que llevo sus letras a miles de millones -literalmente- durante seis décadas y centavos; incontables ideas que germinaron en cerebros fértiles y que gracias a sus palabras hoy son jardines de alegría culta, de visión crítica, de palabra mordaz y de vocabulario extenso.
Espero que Carlos Fuentes nunca haya perdido la sorpresa de saber que lo leían. Yo que me emociono cuando veo cuanta gente hace lo propio con las palabras que pergeño -rara vez pasan de 100- no puedo imaginarme saber que millones me beben las ideas. Ese es un privilegio reservado a pocos y envidio a Don Carlos por haber sido ese manantial al que tantos fueron a abrevar.
Muchos llamaron hoy a la muerte de Fuentes “una pérdida irreparable”. Difícilmente coincido. Perdida irreparable Ibargüengoitia, que se murió en un avionazo en el pináculo de su capacidad creadora. Don Carlos dio y mucho. A esta cauda de conocimiento le quedan muchos años por recorrer. Podemos seguir viviendo sus letras, que son extensas y son profundas. En algún momento se tenían que detener. Alegrémonos que lo tuvimos y retocemos en su obra, que para eso la escribió.
Yo por lo pronto, me quedo con el iPad en la barriga, iluminado por la luz de la farola de la calle, escribiendo, envidiando a Carlos Fuentes.
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El salario del miedo

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Para aquellos que no tienen edad suficiente y no reconozcan la frase con la que intitula esta participación, es de una película de los 50s ó 60s en la que un grupo de compas tenían que transportar una más que peligrosa e inestable carga de nitroglicerina a través de caminos del viejo oeste, en una carreta de mulas, perseguidos por indios, malechores y cuatreros y con el ejército enemigo pisándoles los talones.

No recuerdo cual fue el desenlace de la película -supongo que varios murieron en el proceso y al final hubo un héroe. A lo que voy con este símil es a lo que he sentido en los últimos meses en mi vida laboral.

Tengo que confesarlo; soy empresario. Si, ya se, pertenezco a esa estirpe maldita que se supone que está sangrando al país a costa de los pobrecitos trabajadores. Empecé en 1999 y no pienso dejarlo a menos que de verdad exista una emergencia en mi vida. Amo lo que hago y con eso me basta.

Lo que ha sucedido en los últimos meses ha sido un desencanto enorme al respeto que nosotros, pequeños emprendedores, deberíamos tener frente a nuestros clientes. Con honrosas excepeciones, nuestros clientes cada vez exigen más y entregan menos. Nos hemos convertido, casi todos los pares que conozco, en su fuente principal de financiamiento. ¿Para que quiero que me preste un banco, si tengo a toda esta bola de babas aceptándome pagos a 120 días? Y ni se nos ocurra pedir un anticipo; es suficiente para que nadie te vuelva a llamar, con el pretexto que eres “problemático” por lo menos.

Las curvas de aprendizaje que tenemos como proveedores son rápidas y escabrosas. Por alguna razón, los ejecutivos piensan que sabemos absolutamente todo acerca de su empresa, su producto, sus políticas, sus tiempos, su filosofía empresarial y personal, etc. Cada vez que hay un error, mágicamente es nuestro. Y ni se te ocurra reclamar. Siempre tienen presta la frase “pues el cliente soy yo y allá afuera hay cola para hacer lo que tu haces”. No hay respeto ya a la experiencia que aportamos, a los vacios que llenamos, a la pasión que le ponemos. Simplemente, nos estamos volviendo desechables.

Ya se que me estoy quejando demasiado y que hay gente que mataría por tener su propio negocio; ser “dueño de su tiempo”. Esto entrecomillado, ya que nuestro tiempo ahora es de muchos. Pero bueno. Mi punto principal es la falta de certeza que como empresarios tenemos en México. Los bancos no nos prestan, los clientes no nos pagan lo que vale nuestro trabajo, cualquiera se puede desaparecer sin dejar rastro y dejarte colgado con proveedores, salarios, utilidades. Para ellos, 200 ó 300 mil pesos no significan mucho. Para nosotros es la sangre para el crecimiento; dejamos horas, hijos, familias, parejas, relaciones, canas, sangre, sudor y almorranas en nuestras oficinas para salir adelante.

Hoy que estamos en época electoral, me encantaría dejar de escuchar toda esa palabrería hueca enfocada a los programas sociales. Eso solo sirve para dar limosnas y comprar fidelidades. Los candidatos prometen su famoso ya millón de empleos al año. Yo no se cómo le piensan hacer, ya que somos nosotros y nadie más los que generamos esos empleos. Y mientras no tengamos certeza y un plan de acción real para que los empresarios tengamos un marco jurídico que nos permita ejercer nuestrs derechos a la retribución justa y pronta, son palabras que se las lleva el viento. No me ayuda en nada que lo que pago de impuestos se vaya en regalarlo en útiles escolares de los niños de Nacozari. Ya pago los de mis hijos y cada vez me cuesta más trabajo.

Y ya me voy, porque son las 3 de la mañana en sábado y tengo que entregar un video.

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